Ignacio Evangelista

En “After Schengen” Ignacio Evangelista muestra antiguos pasos fronterizos entre varios estados de la Unión Europea. Después del tratado de Schengen, la mayoría de estos viejos pasos permanecen abandonados y fuera de servicio, permitiéndonos una mirada desde el presente, hacia el pasado de Europa. Esto provoca muchas reflexiones, en un momento en que el proyecto de la Unión Europea está siendo fuertemente cuestionado.

Estos lugares que, anteriormente al tratado de Schengen, delimitaban los territorios y en los que el viajero debía detenerse y mostrar su documentación, aparecen hoy en día como lugares abandonados, situados en un limbo espacio-temporal, fuera del uso y el tiempo para el que fueron concebidos, al haberse abierto las fronteras a la libre circulación de las personas.

Los pasos fronterizos tienen una función de pura delimitación geográfica, pero también una función coercitiva, en el sentido de impedir el libre tránsito entre personas de uno a otro estado. Por todo ello son lugares que, junto a una dimensión cartográfica, también están provistos de reminiscencias históricas, económicas y políticas.

Estos viejos pasos fronterizos van desapareciendo lentamente: unos son renovados para otros usos, otros son destruidos, y algunos simplemente se van derrumbando debido al paso del tiempo. Por todo ello, en pocos años, no habrá posibilidad de presenciar estos fuertes símbolos de la reciente historia europea.

Abel H. POZUELO
El Cultural 15/03/2006

¿Cómo se inmoviliza algo que parece estar ya detenido? ¿Cómo fotografiar una ruina no permanente? ¿Cómo descifrar lo que se ha suspendido, pausado, rendido? A tales preguntas podría contestar Stand-by (en pausa), la más reciente serie fotográfica de Ignacio Evangelista (1965) que protagonizan vistas de paisajes montañosos invadidos por postes metálicos, cables y poleas, de mecanismos mecánicos simples. Armatostes más o menos integrados en mitad de una naturaleza nada edénica, cegada por la acción del ser humano pero que los envuelve y subyuga, mostrando una grandeza no orgullosa, una belleza aplastante en el fondo. El fotógrafo valenciano ya había mostrado interés por las ruinas y los gestos ocultos de lo normalizado anteriormente, en exposiciones como la dedicada a pueblos abandonados (Los pasos perdidos) y a los muñecos infantiles de apariencia humana desviada (Imitaciones). En esta ocasión, acude a estaciones de esquí fuera de temporada, cuando la nieve no cubre y el monte se llena de extraños chirridos sin ecos de risas ni zigzags y el resplandeciente blanco manchado de fucsias, amarillos y azules eléctricos es sustituido por pardos y verdes puré, líneas de horizonte y de separación, franjas en medio de las brumas. El bosque aparece grandioso pero violado, la sierra en carne viva, con rocas trilladas y un verdín apenas insinuado o con matas de tundra. Con ello propone un juego de imaginación y de diferencias y una oda a la congelación. Esa suerte de lugares de recreo abandonados y desiertos se componen de una energía acumulada en un punto de fuga. Una presencia fantasmagórica que no se entretiene con nosotros. También un resplandor decadente, desolador, casi siniestro, pero sin paliativos. Una nueva pureza extraída de cierta objetividad de la cámara fotográfica.

Fuera de Temporada
Javier Rubio Nomblot

Es invierno y un niño recorre las calles de su ciudad fantasma (cuyo nombre es Aídnag, Arelluc o Mrodineb…). Sus ojos están muy abiertos, escucha un gran silencio y se pregunta por qué se han ido todos y qué ocurrirá ahora. Hace apenas unas semanas, por estas largas avenidas desfilaba rumbo al mar un gentío multicolor; todo era un agitarse de trajes de baño fantasiosos, chanclas, sombreros y gorras, sillas y sombrillas plegadas, barcas zoomórficas hinchables, bolsas llenas de toallas, aletas y botes grasientos; por doquier había risas y pieles mojadas y morenas. Y por las noches, se escuchaba el ruido atronador de centenares de tocadiscos y autorradios y en todas las callejuelas, terrazas, chiringuitos y discotecas atestadas resonaban las mismas canciones perfectamente pegadizas que se repetían hasta el infinito; siempre había luces encendidas y motos pasando a todo gas, carcajadas agudas, primeros amores y terceros cubalibres, diversión y fiesta; y sobre todo, montones de cuerpos; descubriéndose o reencontrándose, electrizados y calientes, saturados de energía (solar), de sal, yodo y crema hidratante… Millones de cuerpos en su máximo esplendor practicaban al unísono un ritual anual rindiéndoles culto al mar, a la salud, al relax y a la semidesnudez atávica.
Ahora, en cambio, las tambaleantes torres de salvavidas y sombreros y las estanterías llenas de alpargatas y revistas han desaparecido; todas las aceras están despejadas; de las paredes no cuelgan camisetas de colores y pelotas de plástico, ni remos y raquetas. Sólo se ven muchos cierres metálicos, montañas de sillas apiladas y andamiajes desmontados. Su ciudad es una ruina. Una ruina que, como sucede cada año, empieza ya a ser restaurada; será reacondicionada durante los largos meses de invierno (algo más, puesto que tal abandono, debido a que el ciclo migratorio humano es ya, como no podía ser de otro modo, perfectamente artificial, consiste grosso modo en un mes de primavera, dos de verano y nueve de inverotoño) y, durante todo ese tiempo, el niño sólo podrá ver la otra cara, el reverso, el esqueleto, los andamiajes, las bambalinas, las entrañas de la máquina del ocio y el reposo, la recarga y la evasión, el placer y el glamour… Y claro está, la súbita desaparición, la ausencia repentina de aquellos miles de cuerpos le provoca de nuevo una penosa sensación de soledad.

Sí; podría decirse, con o sin sorna, que la psique de esos niños que crecieron en las poblaciones costeras en los años del desarrollismo (Ignacio Evangelista, Valencia, 1965) ha sido insuficientemente estudiada; lo cual es una lástima, ya que sus testimonios vendrían a completar aquella radiografía de la civilización del ocio que nos fue prescrita hace casi medio siglo. En cualquier caso la mirada del artista –tan especial, como es sabido, tan distinta de la que filósofos y científicos posan sobre su pomposamente llamada realidad física o socioeconómica- habrá de escudriñar por y para nosotros cuanto sucede en el lugar de ese impacto esencial o íntimo que otras ciencias desprecian (otra cosa es que lo percibamos: al arte lo convocarán usted y la obra). El esquí, no está de más señalarlo, posee aún un cierto halo legendario y aparece relacionado con los orígenes de la epopeya turística. Otrora reservado a las clases pudientes (como todo deporte), este fabuloso culto a la inercia, comunión anual con el deslizamiento más o menos grácil, la fortificación de la rodilla y la fluctuación pélvica extrema, propiciaba el encuentro entre personas de pareja clase (sobre la relación entre la afición del Rey al esquí y su popularización ha escrito Ussía algunos textos especialmente desacertados) y poseía hasta hace poco un carácter netamente social y chic. Hoy, merced a la saludable democratización absoluta que vivimos está, como el golf y el footing, al alcance de todos los trabajadores legales y sus prácticas unifamilias.

Sabemos además que la ascensión de Ignacio Evangelista a estas desiertas estaciones de esquí -un sport que desde luego el artista no practica- es de hecho un retorno, que él no tiene por qué ser consciente de ello y que su periplo ha sido largo y lo jalonan otras obras dignas de interés. Citemos la serie Los pasos perdidos (2001), dedicada a pueblos abandonados de Huesca, Cataluña, León, Soria o Valencia; al comentar aquel trabajo, arduo, serio y en cierto modo famoso puesto que fue parcialmente publicado en el suplemento de El País (¡y presentado en Utopía Parkway!), Eugenio Castro desveló la mayor parte de las claves que nos permitirán interpretar sus últimas instantáneas: dijo que “retoman la estética de la ruina sin caer en la complacencia de la estampa romántica”, habló de “un fenómeno de descomposición con el que desaparece parte de lo legendario”, de un “disolverse la materia de la que está constituida nuestra memoria”, del “derrumbamiento del equilibrio perseguido hasta hace poco por el hombre en su relación con la naturaleza” e incluso de un “dios-máquina que actualiza al Moloch de la tradición” y que ya es perfectamente visible, claro está, en estas colosales torres de hierro coronadas con engranajes titánicos. Recordemos también su conocida serie de retratos de muñecas titulada Imitaciones (2003), expuesta en media docena de galerías y museos, donde volvía a explorar un estadio intermedio o ambiguo que en esta ocasión aparecía más claramente relacionado con lo siniestro freudiano: “todo lo que no podemos clasificar, ubicar o definir claramente nos produce molestia y desasosiego”, escribió entonces el propio artista; y así, realizó brillantemente la transmutación de aquellas muñecas tan sólo sacándolas de su contexto y despojándolas de su función, convirtiéndose instantáneamente las inofensivas y alegres compañeras de los niños en terroríficas criaturas que desconcertaban al adulto visitante de la galería de arte; orondas y pseudorisueñas (cuando no estriadas y sintéticamente malhumoradas), desnudas las más de las veces, acaso les deban también algo a aquellos millares de cuerpos provistos de un alma anónima –o carentes de ella- que aparecían un buen día y repentinamente dejaban de estar… Pero recuerdo ahora que no se me ha pedido que psicoanalice a nadie (ni siquiera a los hijos del delirio post-trashumante), ni que fabule en exceso.

Se inicia con las Imitaciones un ejercicio de descontextualización sutil y difícil de aprehender por cuanto guarda más relación con el tiempo que con el espacio: en la obra de Ignacio Evangelista es el juego con el momento el que provoca una mutación en los significados y no -como sucedía en la propuesta duchampiana, tan asiduamente revisitada- la mera reordenación espacial. De ahí que una de las características más interesantes de esta nueva serie, Stand-By (que curiosamente se exhibe en coincidencia con los Juegos de Invierno), sea precisamente que nos confronta con los efectos producidos por una radicalización de este fenómeno.

Porque en la costa –y qué decir de las aldeas abandonadas- la afluencia de homínidos es tan gradual y paulatina como el ulterior desalojo total: se inicia aquella al concluir el año lectivo e incluso antes, por cuanto los jubilados –numerosísimos hoy en día- desembarcan apenas se torna el clima más amable y los habitantes de las zonas más próximas -y gracias a las autopistas, también los de las remotas- empiezan a pasar los week-ends en la playa en cuanto amaina el invierno; tal fenómeno alcanza su apogeo en agosto –una apoteosis tantas veces glosada y contemplada que su mera mención ya agobia- y declina luego con cierta suavidad: los asalariados vuelven –con desoladora presteza- a sus presumiblemente rentables labores, niños y jóvenes reanudan su programa de culturización forzosa y, finalmente, los jubilados regresan a sus monótonos paseos diarios en el 27 cuando el frío se cuela en unas construcciones mal aisladas, nulamente preparadas para el invierno.

Las estaciones de esquí, en cambio, son realmente maquinarias que se encienden y se apagan de un día para otro: está claro que, excepción hecha de tres pastores, un puñado de scouts, una cuadrilla de operarios y algunos hippies pasablemente fascinados por la pseudoindómita belleza del paisaje natural o conocedores de las bondades del plein air, nadie trepa hasta esas regiones inhóspitas fuera de temporada. De ahí que el propio artista sugiriera un título para esta exposición que me parece tanto o más acertado que Stand-by (ciertamente evocador éste de esa pausa, ese compás de espera que es uno de los grandes argumentos de la serie): On / Off, encendido / apagado… La maquinaria del ocio se enciende, la de la producción se apaga, el cuerpo se recarga, la rutina se desactiva y nosotros nunca sabemos muy bien qué somos y qué pintamos en todo esto, entre otras razones porque Evangelista nunca nos retrata: fotografía nuestra ausencia y, todo lo más, nuestras imprecisas, ambiguas e indescifrables huellas.
Fuera de temporada las estaciones se convierten en un lugar desangelado, sumido en el abandono y propiciatorio de ese extraño mal llamado la fiebre de las cabañas que le inspiró al maestro –del best-seller nefasto- King su novela El resplandor. Porque detenida la máquina, huérfanos de ociosos los telesillas, teleféricos y chiringuitos asfixiantes, desalojadas las salas de traumatología, la cumbre solitaria y silenciosa nos parece haber sido colonizada con un propósito indefinido: deviene limbo y, al sumirse en el letargo, el artefacto que la corona es percibido como una metálica y gigantesca alegoría de lo onírico incomprensible. Espacio remoto e ingrato plagado de restos inservibles, la cresta se convierte en metáfora de la incomprensibilidad de la odisea humana; vacía, abandonada, útil sólo para el artista y el vagabundo, sensible sólo a la mirada, despojada de su función, ya es escultura; tanto más cuanto que, como sucede también en los parques de atracciones, las formas que adoptan los artilugios titánicos tienden a ser bizarras: los enormes postes, las ruedas, los cables, las cabinas y las perchas se dotan de un (sin)sentido escultórico e incluso de una apariencia abstracta. Y el alma de esa escultura colosal es, efectivamente, el Stand-By, la pausa: una quietud sobrecogedora, plena de muerte y de augurios, fría y yerma como la hierba escasa y pisoteada que crecía bajo las pistas.

Sin embargo, como ya intuyera Castro frente a Los pasos perdidos, formalmente Ignacio Evangelista se distingue por su renuncia expresa al dramatismo, el efectismo de raigambre romántica y el recurso fácil. Del mismo modo que su redefinición de la ruina nada tiene en común con el febril deambular de un poeta dieciochesco (y no esperamos ver surgir espectro alguno de los disco-pubs clausurados de Benidorm), la inmovilidad que él retrata no puede relacionarse directamente con la tortuosa sublimación romántica: no hay aquí vertiginosas fugas, sino neutras líneas horizontales; hasta la montaña, tan grandiosa siempre, desaparece; abundan los llanos, todo está desnudo y quieto, no hay espirales hipnóticas, ni impulsos irrefrenables, ni pozos en los que caer. Una sobriedad esta que en algunos casos puede llegar a parecer excesiva, por lo que conviene señalar que este artista lleva muchos años dedicándose a la fotografía profesional –ha destacado en el mundo de la moda, el reportaje, etcétera- y que la estética que propone no sólo es fruto de unas elecciones conscientes, sino que la singular y oculta complejidad de su obra se deriva de un acreditado conocimiento del medio y de su tradición.

Evangelista es uno de esos fotógrafos –pasablemente mal vistos hoy entre quienes han hecho del desprecio por el medio y aun por la forma el eje de su concepción del hecho artístico- que cuidan los aspectos formales de la obra; y lo hace, además, sin que se note, con sutileza y elegancia, esquivando tópicos y trucos y, lo que es aún más notable y raro hoy en día, manteniéndose a prudente distancia del superbibelot computerizado. Recordemos que la subjetividad, como la mirada, es por definición impura y que, cuando se trata tan sólo de mostrar (lo queramos o no, estamos inmersos en el advenimiento fosteriano de lo real), la imagen ha de servirse cruda, es decir, antes de que llegue al ojo y no después de haber sido cocinada -y requemada- por el megacerebro electrónico. No hay aquí, por tanto, manipulaciones digitales, como no hay distorsiones causadas por filtros o grandes angulares. Pero es obvio que ni aún así puede la mirada fotográfica ser del todo objetiva (precisamente de esa certeza se nutre el arte virtual, también llamado de la falsificación sistemática): el distanciamiento del tema, la búsqueda de la plena desnudez del paisaje, la desconfianza frente al nubarrón amenazador y la masa rocosa imponente, el desprecio por la sima, la sombra y el crepúsculo, generan por sí mismas una simbología concreta, específica y característica. Al contemplar las imágenes de Ignacio Evangelista nos situamos efectivamente fuera del tiempo (fuera de temporada), en suspenso, en un micromundo, en un limbo imprevisto, extraño y vacío de significado, en contacto con una de las formas modernas del absurdo. Y percibimos así con claridad que la máquina poderosa, imponente, pesada y voluminosa, anclada en las cimas, dominando el paisaje, está realmente apagada. Lo cual sólo puede significar una cosa: que todas lo están. Porque la creación humana no es de este mundo.

Los pasos perdidos
Diario de León

Hay libros que cambian la vida de una persona. Cuando Ignacio Evangelista leyó “La lluvia amarilla”, donde el escritor leonés Julio Llamazares, obsesionado con la desaparición de su propio pueblo bajo las aguas del pantano de Vegamián, narra la agonía de Ainielle, una localidad oscense, y de su último habitante, Andrés de Casa, el fotógrafo quiso conocer esos parajes y captarlos con su cámara.
Ignacio Evangelista inicia así un viaje tras los pasos perdidos de decenas de localidades “muertas” en el olvido. Un viaje desde León a Huesca; desde Vegamián a Ainielle. Caja España mostrará a partir de mañana – y hasta el 28 de febrero – en la Sala Gaudí una selección de fotografías de este periplo. Las imágenes de Ignacio Evangelista son auténticos retratos, el rostro de unos parajes que parecen recién bombardeados.
No es sólo una colección de fotografías en blanco y negro, ni siquiera una recreación de la estética de la ruina o una serie de imágenes impactantes y técnicamente perfectas.
Hay en esta serie de Ignacio Evangelista una investigación casi etnográfica. Un relato histórico en el que es posible leer los acontecimientos de esa transición del mundo rural al urbano, de la emigración y el abandono definitivo de cientos de pueblos.
Las fotografías tomadas en la localidad berciana de Santibáñez de los Montes son el relato de un pueblo abandonado y después devorado, palmo a palmo, por una explotación minera a cielo abierto. Pero, tras una mirada reposada, el espectador puede encontrar un trasfondo en el trabajo de Ignacio Evangelista.
Es como si estas imágenes, aparte de relatar los episodios que acontecieron en los últimos cincuenta años, contuvieran en sí mismas las posibles respuestas a la pregunta: ¿está el medio rural condenado a muerte?

SOLEDAD Y MEMORIA
Cristina Bartsch, Valladolid
Diario de Valladolid

Testigos mudos de su propia destrucción, el fotógrafo Ignacio Evangelista ha vuelto la visión de su cámara hacia unos pueblos que quizá tuvieron un próspero pasado, pero que han sido víctimas del abandono al que le sometieron los vecinos que una vez albergaron. Ellos son los protagonistas de la exposición organizada por Caja España “Los Pasos Perdidos”, que hoy se inaugura.

La lectura del relato de Julio Llamazares “La lluvia amarilla”, animó a Ignacio Evangelista a profundizar en una idea que ya le rondaba por la cabeza: reflejar la belleza y la soledad de estos lugares que, aunque se encuentran deshabitados (o tal vez por ello), todavía son dueños de una magia muy especial. Aunque Evangelista niega que sus imágenes sean periodísticas, el fotógrafo admite que en su obra existe cierta intención documental. “Quiero ofrecer una memoria visual para dentro de unos años, algo que pueda ser importante para la gente que, de alguna forma, haya estado relacionada con los lugares retratados”.

Ignacio Evangelista comenzó a visitar estos pueblos olvidados en 1.997 y, en cada localidad, una nueva sensación: de las poblaciones sorianas le impresionaron sus grandes dimensiones; de las leonesas (como Santibáñez de los Montes), los enormes agujeros de las cercanas minas aa cielo abierto; de las abandonadas a causa de la construcción de algún embalse, la apariencia (tan real) de haber sido dejadas en su soledad de un día para otro…

Su primer viaje a uno de estos lugares no le sirvió. Se encontraba tan dominado por las emociones que despertaba en él la soledad del lugar que no logró captar lo que pretendía. Por eso, Ignacio Evangelista confiesa que tuvo que aprender a “conservar la cabeza fría. Uno se encuentra solo y ha de evitar que el disfrute de esa sensación le impida trabajar”, asegura.¬