Manolo Valencia

A modo de epílogo
José Luis Gallero

Titulcia. Noviembre de 2008

Con sus pinceles chinos, el pintor se ha introducido en la
botánica –en el haz y el envés de la botánica–. Desde su
observatorio a ras de tierra, contempla flores, hojas y raíces
como a sus iguales. Medita, investiga, juega junto a ellas,
participa en la locura de su metamorfosis, la estudia, se
estudia, extrae de las capas más profundas del subsuelo la
semilla luminosa de la simplicidad.

Hay un mismo ciclo para las plantas de la tierra y para la raza de los hombres.
Eurípides. Fragmento 415

En la lenta tentativa de transmitir su óptica a las flores, su
fonética a las hojas, el pintor enceguece y queda mudo.
Sumido en la duda, invoca a los maestros: “Vosotros que
conocéis el punto crucial de la dificultad, mostradme la clave
cristalina del enigma, su callada cadencia”. Y Cèzanne,
Coltrane, responden: “Todos nos llamamos igual. Todos somos
el mismo. Todas las estaciones se asemejan. La vida es eso que
cambia sin dejar de ser nunca el mismo viaje hacia la muerte”.

Cuando la vida estaba a punto de desaparecer, construí una choza, una hojita
capaz de recoger las últimas gotas de rocío. Yo era un viajero que levantaba un
tosco refugio para una sola noche.
Kamo No Choomei, 1155-1216

Cada solución alumbra siempre un nuevo problema; cada logro
revela sin excepción una vieja carencia. Quien ama la vida no
espera nada más. Antes que en crear, la tarea del pintor
consiste en contemplar. Nada tiene que pintar, salvo algo que
ocurre en el interior de la propia pintura, algo cuyo sentido
esquiva las imágenes. Más que en decir, la tarea del poeta
consiste en escuchar.