Damián Flores

LAS MIL VENECIAS DE UN ARTISTA
FERNANDO CASTILLO

Audacia, sí, como la que aseguraba Ciceron era capaz de atraer a Fortuna o la que, según Marinetti, garantizaba el triunfo brillante y con gloria, es la que ha tenido Damián Flores al embarcarse de nuevo en una exposición dedicada ni más ni menos que a Venecia, uno de esos asuntos universales de la literatura y las artes desde al menos el siglo XVIII. Si hay que desplegar no poco arrojo para pintar a Venecia, creo que todavía más al escribir sobre ella, pues no solo impone la cantidad y la variedad de escritores dedicados a la ciudad, sino también la condición de notables y destacados que tiene la mayoría de la lista inacabable de quienes han dejado páginas escritas acerca de la urbe única. Tiembla el pulso a la hora de escribir sobre la ciudad única, escenario y máscara, apogeo de lo declinante, de lo recóndito y oculto durante siglos, de las sedas y muselinas estampadas, de las cortinas de terciopelo, de los jarrones con lirios podridos, de los nombres únicos de esa Roma Adriática vuelta hacia Oriente que remiten al cercano Bizancio del Ángel Sombrío, que fue tan griego como latino y al que defendió tanto como destruyó. Son los efectos casi stendhalianos que causa en el viajero la que Thomas Mann llamaba “la más inverosímil de las ciudades”.

Si hay una ciudad plural, que admita mil miradas esa es Venecia. Tanto que el tan citado como admirado Paul Morand tituló Venecias uno de sus libros más acabados y también uno de los más destacados entre los innumerables dedicados a la ciudad del Adriático. Un libro aquí traducido de manera inolvidable por Monique Planes. Muchos son los nombres entregados a la ciudad, si, y entre los de ahora resaltaría a los que me resultan más cercanos y admirables: Juan Lamillar, otro que se acerca de manera plural a la ciudad, José María Herrera y Pere Gimferrer, herederos a su manera de la alegre tropa de entregados a Venecia que encabezaba Henri de Regnier. Son todos ellos unos autores que, como el faro que suponen Paul Morand o Joseph Brodsky, han impulsado a Damián Flores un artista que, como aquel Gonzalo de Córdoba biografiado por Luys Santa María, también proclama aquello de “Italia, mi ventura” desde su fructífero paso por la Academia de España en Roma. Y lo hace en su pintura mediante en la forma, en la luz y en la calidad de las materias que conoce, en la entrega a la metafísica y en el guiño de unos títulos en italiano que refuerzan ese vínculo.

A estas alturas casi sería un adanismo describir la pintura de Damián Flores, artista de largo recorrido dentro de una figuración contemporánea equidistante de lo pictórico y lo literario que tiene en la arquitectura, al fin el arte de las ciudades, su referente fundamental, o al menos el más reconocible. Son ya casi cuatro las décadas de trabajo desde sus inicios en Caballo de Troya y la inolvidable Seiquer, luego en Estampa y Lolita, que ahora continúa en Utopía Parkway, galería madrileña que está dotada del prestigio de la supervivencia, en las que ha mostrado su visión de una serie de ciudades por medio de un lenguaje propio, reconocible y señalado mil veces –Corot, Cezanne, de Chirico, Sironi, Morandi, Hopper, Deineka…–, que ha dado como resultado una pintura de belleza tan antigua como moderna.

No es de extrañar que uno, al saber que Damián Flores había escogido Venecia como motivo de su próxima exposición en Utopía Parkway, sintiera el vértigo de lo imposible. Era de nuevo el desafío supremo de contar Venecia, de decir la ciudad milenaria, ahora símbolo de lo turístico, cuyos lugares se han llegado a desvirtuar a fuerza de verlos y nombrarlos. No era la primera vez que el artista se acercaba a la ciudad de los canales y los puentes, y lo hizo con acierto y reconocimiento como demuestran cierto retrato de Paul Morand y las obras venecianas presentadas en El viaje al Véneto, una exposición memorable de 2002, ahora de recuerdo obligado, aunque, en esta ocasión, el reto parecía más severo al tener la doble exigencia de volver a pintar la ciudad de las vedute y de superar su anterior muestra.

Es Damián Flores sin duda un artista urbano, a su manera atemporal, sí, pero cuya obra tiene en la ciudad la referencia constante. Se aproxima con la paleta y los pinceles, pero sobre todo con los ojos del lector de imágenes, del amante de la poesía y la narrativa, del entregado a la arquitectura, dispuesto a imaginar la realidad. Sin embargo, en esta ocasión ha sido el contacto con la propia Venecia por medio del viaje, esa actividad extraordinaria capaz de estimular la mirada y los sentidos, que es esencial para artistas y escritores, lo que ha impulsado el proyecto de Venecias. Como sus antecesores del Grand Tour o de los viajeros del decadentismo belle époque, de nuevo ha sido una estancia en la ciudad la que ha permitido a un artista la creación, el milagro de la mirada única que descubre unas realidades ocultas y de plasmarlas.

En su pintura, Damián Flores suele combinar la tradición y lo moderno, mostrando que lo que cuenta en el hallazgo de lo nuevo y en la innovación son las raíces, el pasado mirando al futuro. Esto es lo que destaca en esta exposición, Venecias, en la que, en el entorno más histórico que pueda imaginarse, el artista ha incluido formas y sueños en un espacio histórico, produciendo una impresión estética que atrae de manera irremediable. Damián Flores es de aquellos que, al mismo tiempo, han mirado y han soñado Venecia, de ahí esos gondoleros fantasmagóricos que flotan sobre un agua limosa y densa como aceite oscuro, y de ahí esas puertas abiertas a un espacio, que es más escenario que paisaje, como las que aparecen en los maravillosos lienzos “El regreso a casa”, “Scuola dei morti” , “Sotto il ponte” y “Palazzo delle Gondole”, un grupo de obras de una sutilidad surreal, matizada y oscura, que remite a unos templados Magritte y Delvaux. De esa ensoñación surgen esos paisajes nocturnos o neblinosos, pero siempre velados, tan distintos de sus anteriores obras italianas, que ha pintado para esta ocasión. Oscuridad metafísica en esa preciosa vista de la iglesia de San Giacomo dall’Orio, en “Scala notturna” y en esa elegantísima noche veneciana que es “Il ponte vacuo”, en la que el agua y la piedra se funden con una plasticidad extraordinaria. Y también está la oscuridad de “Punta della Doganna”, donde recupera para Venecia su inclinación hacia las formas fantásticas, la arquitectofilia del artista, que tienen el mismo aire, entre escultórico y de ready made, de sus maquetas. Imaginación que creas paisaje que continúa con esa grúa imposible, se diría que diseño de Francis Picabia, con la airosa Torre Casanova o con la recuperación de Il Teatro del Mondo, la arquitectura flotante de Aldo Rossi, que ya había pintado en 2002. Unas formas que aparecen insertas en esa escenografía en marcha que es Venecia desde su creación, para contrastar con ese mundo de historia detenida que es su paisaje, que parece creado para que lo pintaran Canaletto, Guardi o los centenares de discípulos, seguidores e imitadores que abastecían a quienes sucumbían, deslumbrados, al atractivo inefable de Venecia. Luego están los cielos oscuros, las nubes de tormenta que avisan de que el Adriatico es otro Mediterráneo, más oscuro e invernal, más centroeuropeo, como también está la irresistible tentación de convertirse en vedutista veneciano, una de las profesiones más excelentes del mundo, a la que sucumbe Damián Flores en una serie de obras que demuestran que no hay temas manidos ni tópicos agostados, sino aproximaciones. Que todo es nuevo si se acierta.

Pero en Venecias también aparece la modernidad y lo que tiene de espectacular, pero sin olvidar el referente más clásico, en un contraste magnifico. El paquebote Andrea Doria, el ultimo transatlántico hundido, navega ante una de las panorámicas más reconocibles de la ciudad, o ese gran hidroavión, orgullo de la Reggia Aeronáutica, en realidad una arquitectura volante y un guiño al aerofuturismo, que sobrevuela Poveglia, son afortunadas combinaciones que llevan a Venecia el mundo de la modernidad que tan próximo está al artista.

Ahora, vistas las obras que forman esta muestra, ¡que diferentes resultan de las que colgaban en esa exposición de hace más de dos décadas que es Viaje al Véneto. Pero también que importante es comprobar como las constantes, eso que se llama poética, permanecen al cabo de los años, sea en un cielo luminoso o en nocturnos misteriosos en los que brilla la piedra milenaria y patinada. Hay en esta exposición de Damián Flores el mismo interés, e incluso los mismos lugares que en la inaugurada hace veinticinco años; unos escenarios que, como era de esperar, siguen atrayendo al artista. Y es que siempre, aunque sea de manera diferente, se escribe el mismo libro o se pinta el mismo cuadro. Algo que no es una boutade ni tampoco una limitación o una incapacidad, sino expresión de una inquietud permanente, de una poética que impulsa la creación y que, para bien o para mal, no todo el mundo tiene.

En fin, esta Venecias de Damián Flores es una exposición a recordar. Una muestra muy afortunada y de visita necesaria, que aproxima de manera nueva, aunque parezca imposible, a una Venecia diferente, propia que , además cuenta con catalogo impreso, lo que dice mucho de la galería Utopía Parkway, en el que destaca el texto de Juan Lamillar, poeta y ensayista, autor de un libro imprescindible para aquellos alegres y fieles entregados a Venecia. Una exposición, como todas las de Damián Flores, que aúna arte y literatura, en este caso alrededor de la eterna Venecia, lo que no deja de ser una audacia.

FÁBULA DE VENECIA
Juan Lamillar

En el prólogo de esa “comedia de polichinelas” que es Los intereses creados, de Jacinto Benavente, Crispín le expone a Leandro cuando llegan a una ciudad: “Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros”. Siendo válida también (¡y cómo!) esta sentencia para Venecia, podríamos añadir en esta urbe tan especial otra distinción: la del que llega a ella buscando muchedumbres (carnavales, teatros, ceremonias) o la del que llega buscando soledades (en este caso, más melancólicamente machadianas que pirotécnicamente gongorinas). Y es en esa búsqueda última y en sus hallazgos donde hay que situar la presente muestra de Damián Flores.

A lo largo de sus distintas exposiciones, el artista ha seguido fiel al título de la primera, en 1992: “El viaje de la pintura”, y a su decisión de “pintar en silencio”, que es otro modo de pintarlo. Ese viaje de décadas lo ha llevado por ciudades distintas, por paisajes precisos y por arquitecturas diversas, con una predilección por el racionalismo. También, gracias a su interés por la historia del arte y a su mirada atenta, ha establecido un diálogo con los pintores admirados: Hopper, De Chirico, Morandi –más en su visión silente sobre la realidad que en sus temas- o Balthus, y tantos maestros clásicos que, muy sutilmente, están tras muchos de sus cuadros. Además, Damián es un pintor literario en un doble sentido: por sus múltiples lecturas, entre las que destacan los libros de viajes y la poesía, y por sus abundantes retratos de escritores, casi siempre en un escenario adecuado a sus circunstancias biográficas, como demostró en la exposición “El viaje y el escritor. Europa 1914-1939”. En otra anterior, ya nos presentó a dos escritores cuyas obras sobre la ciudad son esenciales: Paul Morand y sus Venecias, Joseph Brodsky y su Marca de agua.

La presencia constante de la arquitectura, resuelta frecuentemente con perspectivas inusuales, con la detallada firmeza de los edificios, contrasta con algunos títulos de exposiciones pasadas que nos hablan de un mundo más irreal: “Paseos y ensueños”, “El taller de los sueños”, “Color del alma”, lo que indica que Damián les otorga a muchas de esas representaciones un tono vagamente onírico que añade a su perfección un ambiente inquietante, como podemos observar en algunos de los cuadros presentes. Así, la inagotable Venecia es la protagonista de esta exposición, una ciudad que ya había aparecido en “El viaje del Véneto”, junto a Bolonia, Mantua y Verona.

Como los dos millones de pilotes sobre los que se asienta, muchos nombres ilustres sostienen la ciudad sobre los cuatro fundamentos de la arquitectura, la pintura, la música y la literatura. Pero siempre es posible otra vuelta de tuerca (para decirlo a lo Henry James, que la frecuentó), otra mirada distinta y personal, como la que supone este conjunto de obras, en realidad unas ensoñaciones de paseante solitario, pero no por la naturaleza roussoniana sino por los laberintos cerrados de una ciudad única y antigua.

Asistimos en esta serie a una Venecia poco convencional, que no se centra en lo monumental ni en las vistas acostumbradas: no están ni los palacios sobre el Gran Canal ni las iglesias de más empaque arquitectónico y turístico. Incluso cuando aparece el Puente de los Suspiros, lo hace con una veladura gris que le da un aire casi metafísico. Nos presenta, por tanto, una ciudad íntima en la que el espectador reconocerá una autenticidad que no la despoja de su condición de “Serenissima” sino que la completa con pinceladas de misterio.

Haciendo honor a su título de “capital del agua”, en todos los cuadros expuestos (excepto en cuatro) está presente el agua marcando horizontes distintos. Agua serena, lámina sobre la que la imaginación podría dibujar sus espejismos. Cinco personajes, más simbólicos que reales, aparecen en ese mundo acuático. Uno, en un embarcadero, sobre una góndola, recorta su perfil bajo la tenue luz de un farol, frente (esta vez sí) a una imprecisa escenografía de palacios; otros dos, bogando sobre barca y balsa, nos dan la espalda y se dirigen hacia edificios diferentes, evocando esa travesía hacia la isla de los muertos (precisamente uno de los cuadros se llama “Scola di morti”) con la que Arnold Böcklin estableció un símbolo que todavía nos conmueve. En otro cuadro, ya sin presencia humana, las altas rocas y los cipreses del suizo se transmutan en las fachadas y torre de San Michele, el cementerio de Venecia, descanso de varios difuntos ilustres, entre ellos Igor Stravinsky (la música), Zoran Music (la pintura), Ezra Pound (la poesía), Serguéi Diaghilev (la danza).

Y, frente a la imagen tradicional de los enamorados que en una góndola pasan bajo el Puente de los Suspiros, una efectiva grisalla nos muestra a una pareja que mantiene una significativa distancia, de pie sobre una básica estructura flotante que la conduce, indiferente, hacia las aguas del Bacino di San Marco.

Aunque componen un conjunto reducido, los cuadros “nocturnos” dejan sentir una presencia más acentuada, porque añaden una atmósfera enigmática, ya sea la visión de San Giacomo dell’Orio, la de San Geremia, contemplada a distancia a través del hueco de una portada, la de la punta de la Dogana, algo fantasmal, la del puente vuoto, o ese capriccio que es “La scala notturna”.

El Arsenal fue el origen del poderío veneciano, y el cuadro que lo evoca es el prólogo a otros que se detienen en mecanismos y escenarios industriales: la grúa que alza su enérgica curva ante el fondo de San Giorgio Maggiore o las torres no precisamente renacentistas con su estilizada y solitaria presencia. La proa poderosa de un trasatlántico años cincuenta frente a la ciudad lejana y un avión de los años treinta (un Savoia-Marchetti S.66, precisa el pintor) que sobrevuela Poveglia, la pequeña isla entre la ciudad y el Lido, son testimonios de una pasada modernidad intemporal.

Aunque ya figuraba (remolcado a través del canal de la Giudecca, ante la iglesia del Redentore) en la exposición del Véneto, el Teatro del Mundo de Aldo Rossi (1980) es una invención, una construcción flotante tan sugerente que comparece de nuevo aquí, central en la soledad de la Laguna.

Dos cuadros que parecen romper su armonía, en realidad enriquecen el conjunto expuesto, desplazando la atención hacia dos actividades decisivas para Venecia: la primera, el cine, vinculado prestigiosamente a ella desde los primeros años treinta; la otra, el coleccionismo artístico, tan arraigado desde hace siglos en una ciudad enormemente productiva en los diversos campos artísticos y con unos aficionados no precisamente desprovistos de cultura, sensibilidad y riqueza.

Para el cine, se nos ofrece un rodaje en el corazón de la ciudad, la Piazza San Marco, con el director y el equipo técnico frente a la perspectiva de la Basílica y el Campanile. El coleccionismo no encuentra mejor figura que la de Peggy Guggenheim, ejemplo destacado de tan envidiable ocupación y del amor de los extranjeros por la ciudad. En esta ocasión, en una estratagema que trastoca la cronología y los espacios, Peggy abandona sus tesoros de pintura moderna y la terraza del palazzo Vernier dei Leoni, el palazzo non finito, para descender (y no es metáfora) al estudio de Damián y posar ante la pared donde aguardan los cuadros que ahora está contemplando el espectador, en un juego borgiano de fantasías y espejos.

¿Cuántas Venecias distintas y verdaderas (con esa verdad engañosa de la pintura) nos ofrece Damián en esta exposición? Contemplándolos, hacemos nuestros el tiempo detenido, la silenciosa música de estos cuadros, cuyo formato mediano o pequeño subraya la sensación de cercanía, de intimidad. Con ellos Damián Flores quiebra su querencia solitaria, nos convierte en acompañantes de sus paseos por calles y campi, de sus navegaciones y regresos por la Laguna, y acaba por hacernos cómplices de la nocturnidad de la fábula y de la alevosía de la emoción.

JOSEP PLA UN VIAJERO POR EL MEDITERRÁNEO
Fernando Castillo

Cuando Damián Flores anuncia que está preparando una nueva exposición, todos los que seguimos de cerca su obra, y somos muchos, sabemos que tras la dedicada a un arquitecto le suele llegar el turno a una ciudad, a un escritor o, incluso, a ambos. Es lo que sucede con Las Ciudades del Mar, una exposición que es un doble guiño de un artista que tiene mucho de romano, a las ciudades del Mediterráneo y a su muy admirado Josep Pla, de ahí la intencionada coincidencia de su titulo con la obra del escritor catalán. Un afortunado cocktail de pintura y literatura viajera al que el artista le añade algunas gotas del César González-Ruano de Nuevo descubrimiento del Mediterráneo a modo de angostura literaria.

Si como decía Ernst Jünger en conocida cita, las ciudades son sueños, su recreación, como la que lleva a cabo Damián Flores es una reconstrucción a través de la obra de uno de sus escritores de referencia, de lugares tan clásicos como Siracusa, Marsella, Taormina, Corfú, Atenas, o tan novedosos en la pintura como Trípoli, Orán o Tel Aviv. Una elección con la que recuerda, como hacen sus dos autores y mentores, Pla y Ruano, que el Mediterráneo tiene dos orillas y baña varios mundos tan complementarios como diferentes. Pintor de arquitecturas y sobre todo de ciudades reales e imaginadas, es decir, literarias, Damián Flores ya se había acercado a ese mundo mediterráneo por el que viaja Josep Pla al pintar a Barcelona y Roma o con las dos originales y muy literarias exposiciones dedicadas al Capri malapartiano y a un Tel-Aviv racionalista y bauhasiano, pintado con aire de novela negra.

Ahora, con Las Ciudades del Mar de nuevo combina los dos elementos esenciales de su obra, la arquitectura, o si se quiere, las ciudades, y la literatura, por medio de una obra nueva, luminosa, que es moderna a fuer de mantener el referente más clásico. Unas pinturas de trazo suelto y maduro que remiten al acaso al que se refería Palomino, fruto de una mirada que descubre lugares vistos mil veces en los que a veces se cruza Josep Pla, como si hubiera perdido el paquebote en el que leía a Valery.

PLA EN LOS PINCELES DE DAMIÁN FLORES
Miguel Sánchez Ostiz

Josep Pla, viajero y cronista de sus viajes, no es un Morand que pasea su esplín, sus prejuicios y sus fobias y no intenta seducir a nadie, con exotismos de alcoba. Pla, al escribir de sus viajes fuera del Palafrugell, que fue su puerto de quietud no fue un dandi hípico y automovilístico, sino un particular que pasa, cuenta y se va y con él
nos lleva. Así Damián Flores.

Se dijo que la climatología inglesa posó para Turner. El Mediterráneo y sus ciudades de cara al mar lo hicieron para Pla y más tarde para Damián Flores, viajero de pinceles y colores. Pla va por su camino: ver, anotar, escribir con sencillez y a la vez con rotundidad narrativa. Tenía ojos de pájaro para las ciudades y sus habitantes: se fijaba en todo, todo merecía la pena de ser descrito. En el caso de Damián Flores, no busca lo más efectista, no pinta turcos tocados con fez a la manera de Fortuny, atrapa con eficacia ambientes, luces, el aire de la ciudad.

Con todo, los cuadros de Damián Flores no son en ningún caso meras ilustraciones de los textos de Pla. Como mucho podría decirse que sigue las instrucciones de visión, el mode d’emploi que da el payés crítico (habría dicho Peñaflorida, crítico e ilustrado viajero y nada desencantado, siempre atento al bullebulle callejero que era su imán. Damián Flores atrapa muchas de la luces que señala Pla como luces de escenas de las adorables extravagancias a las que asiste como privilegiado espectador, incluidas las vestimentas de citadinos y campesinos con los que se cruza, pero un pintoresquismo o color local el suyo reducido a la mínima expresión. Pura vida, que no otro es el secreto de Pla (véase Bucarest o Sofía, que estimo son modelos de crónica viajera de un Pla magistral, atento al baile de la vida de ciudades de cara al mar que suple con ventajas las gansadas destinadas al snob y al sedentario.

Jean François Fogel, en su biografía de Morand, Morand express, dice que siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo. Así Damián Flores con sus ciudades del Mediterráneo. Veo los cuadros de Damián como una invitación al viaje activo o al de los recuerdos si ya se conocen esas ciudades pintadas, y a la lectura o relectura de esas ciudades del mar de Pla: una pintura que por sí sola merece el viaje. Lo he comprobado con con Estambul visto en sus faros que te reciben con el alboroto de las gaviotas de fondo y en las luces del Cuerno de Oro llegando a ella desde el mar. El barco era la forma preferida de viajar de Pla, la marinería no era gentuza, en todo caso gente abigarrada que tenía cosas que contar (importante asunto la conversación), lo mismo que Damián Flores con sus ciudades y escenas con las que transmite con eficacia la emoción del viaje de descubrimiento abierto a las sorpresas: esa primera mirada abierta al encantamiento.

LA VIDA ARQUITECTONICA DE LUIS GUTIÉRREZ SOTO
Fernando Castillo

La relación de la pintura de Damián Flores, artista ya de largo recorrido, con la ciudad y con su expresión formal, la arquitectura, es amplia y conocida. Una vinculación que ha tenido especial intensidad en el trato al alimón y compartido de la arquitectura racionalista y Madrid, aunque haya en su pintura otras urbes –Nueva York, Caracas, Paris, Roma, Bilbao, Barcelona…– y otras inquietudes, desde el retrato a las estaciones. Ahora, tras haberse ocupado de los arquitectos de la Generación del 25, desde García Mercadal a Sánchez Arcas pasando por Lacasa, Bergamín o Arniches, del ingeniero del 25, Eduardo Torroja, de espacios como la Gran Vía o de sus admirados Le Corbusier y Aizpurua, ahora, decíamos, le toca el turno al arquitecto madrileño Luis Gutiérrez Soto (1900-1977 ), de quien ya había pintado con anterioridad varias obras tan destacadas como el cine Barceló, el club Casablanca, de inolvidable palmera en la fachada, o el Bar Chicote, con retrato incluido de su autor.

Es este personaje, brillante y contradictorio, l’enfant terrible de la arquitectura de los años centrales del siglo pasado y uno de los que ha dado el tono al Madrid de la modernidad, sembrando la ciudad de edificios de referencia. En esta exposición que se inaugura en la galería Utopia Parkway, con el titulo La vida arquitectónica de Luis Gutiérrez Soto, el artista Damian Flores se acerca a los trabajos de este arquitecto en Madrid, pero también en Valencia, Barcelona o Cádiz. Son treinta óleos que además de recoger diferentes obras de Gutiérrez Soto –a veces no muy conocidas, cuando no desaparecidas–, suponen también una particular aproximación a la modernidad, a la España de la Edad de Plata. En estas obras de Damián Flores, en las que siempre hay ecos de Hooper, Sironi, o de Chirico, están presentes las inevitables arquitecturas de referencia que identifican a Luis Gutiérrez Soto formando un catalogo. Así, en la exposición de Utopia Parkway, galería tan próxima a alguno de los edificios pintados, hay cines, bares, cabarets y cafés, hay estaciones, aeropuertos y aviones, hay neones de tipografía vanguardista, hay esquinas redondeadas y de faro, pero también, siguiendo el rastro del diseño, pues hay interiores a los que el diseño de Gutiérrez Soto les da carácter de obra arquitectónica.

En suma, una exposición documentada y trabajada, que mediante una obra variada, remata las muestras dedicadas a la arquitectura racionalista y a sus arquitectos, iniciadas hace más de una década.